Marazzi. Under the Skin es un proyecto editorial que celebra los 90 años de Marazzi, donde la cerámica se convierte en materia narrativa, capaz de contar la identidad de los espacios y de quienes los habitan.
En el volumen, Una Casa Imaginada — una villa de fantasía ideada por la diseñadora británica Charlotte Taylor — da vida a seis ambientes suspendidos entre realidad y visión, en los que superficies, colores y texturas Marazzi crean atmósferas íntimas y sugerentes.
En este escenario, siete autores y estudios creativos han sido invitados a contar su vínculo con un espacio del hogar, entrelazando memorias personales, reflexiones de diseño y sugerencias materiales.
En su relato íntimo y personal, Aldo Cibic nos acompaña en un viaje a través de las cocinas que ha habitado e imaginado, revelando un enfoque del diseño doméstico profundamente ligado a la ritualidad, la belleza y la calidad de la vida cotidiana.
En la vida, incluso cuando estaba sin un duro, nunca cociné. Lo hacía otra persona por mí, o salía a comer fuera. Por eso, en las casas en las que he vivido, siempre me he creado una estética de la cocina que me correspondiera. En el loft donde viví al principio en Milán, me compraba cosas muy buenas, que colocaba sobre unas placas cuadradas de cerámica corrugada que me había diseñado especialmente, donde el pan caliente no condensaba y los quesos, el paté y los embutidos, dispuestos de manera muy ordenada, lucían perfectamente. También me había diseñado unos cuencos triangulares bastante profundos, para que la ensalada fuera fácil de mezclar sin que las hojas se dispersaran. Todo esto para disfrutar, además de la comida en sí, de un ritual que estéticamente me satisficiera.
Todo estaba pensado en función de una cualidad particular mía: la pereza. Para recoger sin hacer un viaje extra a la cocina, era capaz de hacer grandes montones con lo que había en la mesa, incluso arriesgándome a que todo se cayera (ha pasado más de una vez)… En la casa de 34 metros cuadrados que me hice en un barrio obrero, en China, la cocina era un espacio de 180×150 centímetros en el que podía alcanzar todo prácticamente sin moverme. Allí, mi idea de cocina y mi pereza se unieron al máximo.
Siempre he buscado, para la cocina y no solo, comprar lo mejor de lo mejor. Me gustaban, por ejemplo, los cuchillos alemanes de Zwilling, los fogones Alpes, entre los objetos más bellos jamás realizados en acero inoxidable, y la tostadora cromada Dualit, inglesa, odiada por mi esposa porque la consideraba poco funcional. También me regalaron un mítico Frigidaire diseñado por Raymond Loewy. Siempre odié los armarios bajo la encimera de la cocina, que me parecían banales, y prefería alegres cortinas a rayas. El cesto para el pan, hecho a mano en madera de teca, lo diseñé yo junto con el arquitecto indio Bijoy Jain. Me gusta la idea de tener mis cositas y disfrutarlas. Lo que me fascina de la cocina es precisamente que es el lugar de la casa donde se siente más el placer de la ritualidad, que significa tomarse el tiempo y ser consciente de lo que se hace en el momento en que se hace. Me gusta el rito que se celebra en la cocina: preparar todo bien, sentarse a la mesa, comer y, finalmente, recoger y lavar. Aunque no lave los platos, siempre ordeno inmediatamente, como para devolverle dignidad al lugar.
No me gustan las cocinas que son bonitas solo cuando están vacías, y si realmente las usas para cocinar se vuelven feas porque su diseño no contempla la alegría de vivirlas. Y así se pierde el sentido mismo de la cocina, que debe ser ante todo un lugar donde se celebra el amor por la comida y la convivialidad. Para mí, la cocina puede ser minimalista o estar llena de cosas, pero siempre debe ser un lugar de alegría, con una idea de belleza ligada a cómo en ese espacio sucede la vida. Una cosa que en los últimos tiempos me ha reconciliado con el diseño ha sido redescubrir la idea de la domesticidad, de cómo no es el diseño en sí lo más importante, sino la calidad de vida que se genera en el hogar. El diseño del objeto se convierte en una parte de esa historia, pero no en el motivo de esa historia.
Hablando de superficies, lo que más me interesa es su calidad sensorial. Personalmente, me fascinan los formatos muy grandes y los espesores extremadamente finos que la tecnología italiana ha sido capaz de producir y que permiten las aplicaciones más diversas: desde las fachadas más increíbles de edificios hasta los lavabos para baños y cocinas, pasando naturalmente por los suelos y las paredes de interiores y exteriores. Me interesan los acabados más suaves, los decorados tridimensionales y los colores sofisticados. La combinación de estas cualidades me permite crear las realizaciones que más me son afines.
Para concluir, mirando hacia adelante, la cocina como espacio del hogar evolucionará junto con nuestra conciencia sobre cómo modificar nuestros hábitos alimenticios, qué tiene más sentido comer, para nuestra salud y la del planeta. Será de nuevo una zona de investigación y descubrimiento, más en términos de ética que de moral.” – Aldo Cibic
Contribución: Aldo Cibic
Imágenes: Charlotte Taylor
Floor: Mystone Limestone Sand
Kitchen Island: Crogiolo Lume Black
Kitchen doors, shelvers, kitchen top and chemin: The Top Stone Look Breccia Imperiale
Backsplash: Grande Concrete Look Slow Pomice
Aldo Cibic
Aldo Cibic es un arquitecto y diseñador italiano. En 1981, como socio de Sottsass Associati, fue uno de los fundadores de Memphis. Con su estudio Cibic Workshop se dedica a la arquitectura, el diseño de interiores, el diseño y la investigación, entre Italia y China. Ha trabajado para las marcas más importantes del diseño italiano, entre ellas Marazzi. Las obras de Aldo Cibic están expuestas en las colecciones permanentes del Stedelijk Museum de Ámsterdam, del Groninger Museum, del CCA (Canadian Centre for Architecture) de Montreal, del Victoria and Albert Museum de Londres, del Museo del Diseño Italiano de la Triennale de Milán y del Centre Pompidou de París. Es profesor honorario en la Tongji University de Shanghái.