Marazzi. Under the Skin es un proyecto editorial que celebra los 90 años de Marazzi, donde la cerámica se convierte en materia narrativa, capaz de contar la identidad de los espacios y de quienes los habitan.
En el volumen, Una Casa Imaginada — una villa de fantasía ideada por la diseñadora británica Charlotte Taylor — da vida a seis espacios suspendidos entre la realidad y la visión, en los que superficies, colores y texturas Marazzi crean atmósferas íntimas y sugerentes.
En este escenario, siete autores y estudios creativos fueron invitados a contar su vínculo con un espacio de la casa, entrelazando memorias personales, reflexiones de diseño y sugerencias materiales.
Para Marion Mailaender, el baño es el corazón emocional de la casa: lugar de transformación, memoria e intimidad compartida.
“Crecí en una casa donde las puertas siempre estaban abiertas, y pasé mi infancia entrando y saliendo del baño, en ese típico ir y venir de las familias mediterráneas. En el baño olía el perfume de mi abuela – Opium de Yves Saint Laurent – y le pedía poder probarlo; en el baño pasaba horas con mi hermano y mi hermana: hablábamos, gritábamos, nos probábamos y cambiábamos trucos y ropa, nos mirábamos y evaluábamos nuestros respectivos looks. Era un lugar lleno de alegría. Tengo muchos recuerdos ambientados en el baño, buenos y malos: es allí donde te arreglas para una boda y te vistes para un funeral. En el baño te preparas para salir al mundo, y es por eso que es un lugar fundamental. Hoy estos momentos los comparto con mi marido y mis hijas. Creo que es importante estar a gusto con nuestros cuerpos y los de los demás: aprender cómo cambian a medida que envejecemos, ser conscientes de que esas formas perfectas que vemos en las revistas no existen en la realidad.
Cuando vivía en París, mi baño estaba completamente revestido de madera. Parecía estar dentro de un barco. Pero el resto del apartamento – los dormitorios, el salón, la cocina – tenía azulejos, como una piscina. Recordaba la Casa de Vidro de Lina Bo Bardi, con el suelo de mosaico azul. Uno de mis proyectos favoritos. Me gusta trabajar con azulejos porque puedes jugar con muchos elementos: la simetría, la cuadrícula, el tamaño, el patrón… Es como estar en un videojuego.
Una vez, cuando era estudiante de diseño, presenté un proyecto utópico que había llamado “el baño móvil”. Se trataba de una casa donde la bañera tenía un tubo larguísimo y podía moverse a cualquier parte. Podías llevarla al dormitorio o a la cocina, para que tus hijos jugaran con el agua mientras preparabas la cena. Todavía pienso que usar el espacio doméstico de maneras diferentes, cambiando la ubicación y la función de cada habitación, es una idea muy interesante y moderna. En cierto sentido también es un enfoque ecológico: desvincularse de ciertos prejuicios te permite modificar y personalizar tu casa según cómo evoluciona tu vida.
Según yo, en el baño no puede faltar un sitio para sentarse: un banco, un pequeño puff, lo que sea. Detesto cuando estoy en un hotel y no puedo sentarme en ningún sitio para vestirme, ponerme la crema o el esmalte de uñas. En mi próximo baño, la verdad, me gustaría que hubiera un sofá, como el de Eyes Wide Shut de Kubrick. Hoy en día las únicas cosas que puedes elegir para el baño son los azulejos, el lavabo, los sanitarios y poco más. Yo en cambio imagino un nuevo tipo de baño, más personal y menos minimalista, que se pueda amueblar con muebles y objetos cuidados y sofisticados, como ya hacemos para el dormitorio y el salón. Cerámicas decoradas por artistas, bonitas alfombras… ¡normalmente en el baño se ponen alfombras horribles! Deberíamos empezar también a explorar nuevas posibilidades en cuanto a la iluminación: ahora solo se usan focos y apliques, pero cuando leo en la bañera me gustaría tener una lámpara pequeña justo al lado.
Desde que me mudé a Marsella, tengo un baño más grande que el de París. Es un baño muy arquitectónico, con azulejos de 10×10 cm que recuerdan el estilo de Andrée Putman, una de mis mayores fuentes de inspiración. Me recuerda a un laboratorio, pero al mismo tiempo es como un salón, porque el espacio es enorme y alrededor de la bañera se puede sentar, pasar tiempo juntos, leer una historia. En mi baño hay cuadros, fotografías, esculturas, una alfombra y bastantes cajas. Me niego a comprar cajas de plástico – aunque sé muy bien que serían una solución simple y práctica para organizar mis cosas – y en su lugar uso cajas de cerámica que encuentro en los mercadillos. Allí meto de todo: perfumes, cerillas, encendedores… El baño es mi habitación favorita de la casa, la única desde la que se ve el mar. Es por eso que no he puesto un espejo: mientras me lavo los dientes prefiero mirar el mar, en vez de mi reflejo.” – Marion Mailaender
Contribución: Marion Mailaender
Imágenes: Charlotte Taylor
Revestimientos de suelos y paredes: Slow Pomice
Baño y Lavabo: Crogiolo Lume Musk
Marion Mailaender
Marion Mailaender creció en Marsella. Tras los estudios en la École Boulle, en 2004 fundó en París su estudio de diseño y arquitectura de interiores. Desde entonces ha realizado objetos y escenografías, ha colaborado, entre otros, con Sophie Calle, Amélie Pichard y Esteban Cortázar, y ha trabajado en diversos proyectos en el ámbito residencial y hotelero, entre los que destacan el Tuba Club en Marsella y el Hôtel Rosalie en París