Lo que queda en el cresol

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Para realizar un experimento que dé resultados precisos es fundamental dotarse de las herramientas idóneas.

Entonces nos servimos de un crisol, un recipiente cóncavo que hoy día sigue usándose en los laboratorios químicos del mundo entero para efectuar análisis. Suele ser de material cerámico, por su capacidad de mantener invariadas sus características incluso a temperaturas muy elevadas, cuando las substancias de su interior abandonan su estado para transformarse y convertirse en algo distinto de lo que eran.

La cerámica es asimismo el material por el que Filippo Marazzi decide apostar cuando, en 1935, cierra la tienda de la familia y empieza a producir azulejos en una “fábrica de cartón”, como la llamaron sus paisanos de Sassuolo, por lo curioso que era aquel edificio que se sostenía sobre dos hileras de álamos, entre la vía del tren y un canal. La intuición fue de lo más acertada: en la primera mitad del siglo XX la cerámica – que durante siglos no había sido más que un elemento decorativo en las moradas de papas, nobles y sultanes – se fue abriendo poco a poco en las residencias de la burguesía italiana, con la promesa de hacerlas pulcras, brillantes y limpias. Marazzi está dispuesta a hacerse su espacio: en pocos años, con valor y espíritu emprendedor la empresa crece y conquista el mercado italiano. Pero esto no es suficiente, porque a pesar de las apariencias, la cerámica se muestra reacia a dejarse encasillar: tras entrar en los baños y las cocinas, muy pronto llega hasta los comedores, los pasillos, las salas de estar, en una búsqueda de una forma que rompa moldes, en pos de una identidad que trascienda su función. Estamos en la posguerra: nacen I Pennellati, una colección pintada a mano por el pintor y ceramista Venerio Martini, y Triennale, la baldosa “cuatro veces curvada” proyectado por Gio Ponti, arquitecto y diseñador de primer orden, junto con su colega Rosselli. Estos son los primeros hervores creativos, señales de que la reacción química ha comenzado, de que algo está cambiando.

Y aquí estamos: pasando del contenedor al contenido en una especie de trasnominación llegando a la segunda fase del experimento. En el interior del recipiente de cerámica ahora alberga un magma burbujeante que funde ingredientes que hasta hace poco parecían incompatibles. Esta, probablemente, es la imagen que se le antoja a la mente de otro Filippo Marazzi, el nieto del fundador, cuando, en los años 80, decide abrir un centro de investigación y experimentación dentro de la empresa y llamarlo justamente crògiolo, es decir “crisol”. En la década anterior la empresa ha registrado la patente internacional de la monococción, una innovación funcional que le ha permitido convertirse en líder mundial en su sector. Y al mismo tiempo invirtió en la investigación artística y creativa colaborando con las grandes firmas de la moda Biki, Fourquet y Paco Rabanne, con el diseñador Nino Caruso y con el fotógrafo Gianni Berengo Gardin, quien plasmó la belleza del material, pinturas y cintas transportadoras del interior de la fábrica.

“Transformar la materia a través de la forma, la luz y el color para darle vida: esto es lo que la fabricación de cerámica es para Marazzi”, explica Filippo Marazzi, “Una vocación y un empeño que se han extendido a lo largo del tiempo en un proyecto de investigación más amplio, en el que la empresa implicò a artistas, arquitectos y diseñadores”.

En la primera mitad de los años ochenta nacieron los “Portfolio Marazzi”, o sea, los books de Marazzi: la empresa pidió a un grupo de fotógrafos contemporáneos que interpretaran libremente las colecciones. La fotógrafa estadounidense Cuchi White inmortaliza un pimiento rojo sobre una baldosa gris, utilizando la luz para realzar la textura y los contrastes de la colección Metropoli. Charles Traub, artista y director de la Light Gallery de Nueva York, fotografía a un hombre que lleva un abrigo cruzado oscuro y esconde su rostro detrás de una baldosa beige. Luigi Ghirri, en cambio, juega con la geometría de los espacios, superponiendo rejillas reales o imaginarias a las creadas por las baldosas. Las imágenes se imprimen en ediciones limitadas de ciento veinte copias.

Fotógrafo italiano ya conocido por la crítica internacional, Ghirri nació en Scandiano, en la provincia de Reggio Emilia, pero cuando tenía tres años se trasladó a Braida, una pequeña ciudad de Sassuolo, a un enorme edificio en

el que convivían varias familias. La mayoría de los hombres cada mañana se subían a sus bicicletas para ir a trabajar en las fábricas de cerámica cercanas.

De adulto, sus viajes y sus exposiciones lo llevaron por Europa y por los Estados Unidos de América, pero al final fue siempre en este rincón de Emilia donde regresó, situado entre Módena y Reggio, para poner en orden las ideas, concebir nuevos proyectos, discutir con los amigos de toda la vida y ganarse, y es en este contexto provincial donde todos se conocen, donde el fotógrafo y la compañía se encuentran.

Las primeras colaboraciones se remontan al 1975. Ghirri entra en la empresa de puntillas para fotografiar la cerámica Marazzi. Pero a diferencia de los fotógrafos comerciales, acostumbrados a reproducir los clichés del sector a través de la técnica y de la experiencia, Ghirri se interesa profundamente en su tema y lo interpreta libremente, según su poética. En sus imágenes la baldosa puede ser el fondo para una rosa, la superficie sobre la que se colocan dos colores pastel y un escenario de un piano en miniatura.

La colaboración continuó hasta 1985; luego los caminos del fotógrafo y de la empresa se dividieron. Ghirri se dedicó a los innumerables proyectos que tenía en mente – incluyendo la exposición “Exploraciones en la Via Emilia” que tuvo lugar en 1986 en Reggio Emilia, Bolonia y Ferrara – y realizó encargos para otras marcas: Ferrari, Bulgari, Costa Crociere. Marazzi siguió recurriendo a la fotografía como herramienta para desestabilizar las ideas preestablecidas. A lo largo de los años, implicó al fotógrafo francés John Batho, que con las baldosas construyó una pasarela que conduce al mar, al estadounidense Elliott Erwitt, que rodó la campaña publicitaria “Disegniamo il mondo”, y más recientemente a Andrea Ferrari y al inglés Adrian Samson, que ofrecen una nueva lectura de la Trienal.

La búsqueda de la imagen influye en el trabajo de los grandes artistas y diseñadores a los que Marazzi ha confiado la tarea de experimentar con el material a lo largo de los años: Roger Capron, Amleto Dalla Costa, Original Designers, Saruka Nagasawa, Robert Gligorov. El resultado son creaciones y colecciones que progresivamente rompen con los clichés sobre el tamaño, color, decoración y destino de las baldosas.

Legamos así a la tercera fase del experimento: la menos conocida y al mismo tiempo la más importante. Una vez que las sustancias se han fusionado, lo que interesa al químico no es lo que se ha evaporado, sino lo que queda dentro del crisol. Residuos microscópicos, escorias que revelan la pureza del contenido originario.

Durante décadas, las imágenes tomadas por Ghirri para Marazzi en los años ochenta se han conservado en la empresa. Muchas de ellas nunca han sido publicadas. Algunas de ellas han sido seleccionadas ocasionalmente para una exposición o impresas en la portada de un catálogo. Hoy resurgen, reunidas por primera vez en un volumen, para certificar el éxito de aquella colaboración entre una empresa con visión de futuro y un artista capaz de dirigir su mirada geométrica y genial, irónica y conmovedora incluso en un objeto bidimensional, implícito por naturaleza. Todo lo que queda es analizar estos residuos, registrar los resultados y dejar que la cerámica se enfríe. Entonces el crisol, estará listo para un nuevo experimento.